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martes, 6 de septiembre de 2011

Recuerdos de un Septiembre que termina

Ni a duras penas ni tan deprisa, pasa un año.
Tomé mi primer vuelo, no por descubrir Barcelona, sino por tratar de rescatar un barco hundido por la ausencia, capitaneado por alguien con demasiadas ganas de despegar como para echar el ancla. Sentí poco a poco tu fuga con el miedo que hablamos y temimos en aquel Noviembre suave.
Temblé sin turbulencias, con la inseguridad en una nota de papel y una chaqueta de cuero azul. Tomamos tierra y me subí al autobús que me llevaba a la Plaza de España. Entre infinidad de vehículos a dos ruedas y personas a pie me perdí hasta la estación de Sans. Allí me subí a un tren ligero que me llevaría a San Cugat. Llegué a mi parada, parecida a una de esas estaciones de películas antiguas rodeadas de nada. Camine siguiendo las indicaciones de la mujer encargada de la seguridad del vagón, atravesé el túnel empachado de pintura, subí las escaleras, y descendí aquella calle hasta el Monasterio. Nada más pasarlo giré a la derecha y me encontré en lo que debía ser una de las calles principales. Tras cruzarla entera llegué a la plaza del pueblo.
Decidí esperar a que salieras de clase en un bar cualquiera, con una cerveza, un cigarro y el periódico. La autoescuela contigua me recordó mi futuro más próximo. Apuré la cerveza y me encendí otro cigarro, y regresé a la plaza con mi mochila repleta de miedos, maldiciendo indeciso tu viaje al tercer mundo, ese que te hizo mejor y te alejo de mis planes.
Te vi a lo lejos, tan sencilla y hermosa como aquellos días de vino y rosas en la biblioteca del barrio, cuando todo estaba atado y el futuro sonaba, como siempre, lejano. Me planteé observarte a escondidas eternamente pero un golpe de conciencia encauzó mi camino. Por fin me viste, ya cerca, sonreíste, nerviosa, y recibiste mi beso protector sobre tu frente.